De Andrés Calamaro a Beck, 4 discos marcados por el divorcio.

Que nadie se castigue. El síndrome “obra = biografía” es un dilema que trasciende largamente a la crítica de rock. Si el público contuvo el aliento cuando Edith Piaf estrenó el célebre “Je ne regrette rien” fue, en buena medida, gracias a aquella ilusión autobiográfica: la artista que canta lo que vive. O lo que vivió. Lo mismo puede decirse de algunas grabaciones de Camarón de la Isla o, más aquí, el propio Atahualpa Yupanqui . Es un ardid artístico con sus virtudes (puede otorgar un espesor imposible) y sus daños colaterales (puede confundir una letra con una opinión): un arma de doble filo que Bob Dylan aprendió a usar como un sable láser.

Björk, Vulnicur: La naturaleza no tiene piedad. En el peor momento de la carrera musical de la artista islandesa, como a cualquier mortal, le rompieron el corazón. Nadie esperaba que sumara un nuevo eslabón a esta cadena, pero Vulnicura tiene todos los condimentos de los discos divorcistas. Desengaño, bronca, arrepentimiento, veneno, dolor y una especie de sanación. “Soy un cohete brillante que resplandece al volver a casa -canta-. Mientras entro en la atmósfera me quemo capa por capa”. The Haxan Cloak y el venezolano Arca, los dos co-productores del disco, tomaron una decisión sabia: ante un disco tan inusual para los estándares de Björk, privilegiaron su sonido más clásico. Es decir, las cuerdas y los beats crepusculares de Homogenic . ¿Una forma de contenerla? Es probable. En cualquier caso Björk corre desnuda por estas nueve piezas, esquivando los lugares comunes con su inimitable cintura melódica. Para cuando promedia el disco, acaba de rodillas frente a un lago negro.

Andres Calamaro: Honestidad Brutal. Entre la cita a la tapa de Blood on the Tracks y esas liner notes tituladas “Aterrizaje Forzoso”, el propio Andrés Calamaro dejó servido el camino de migas para el mito: “Honestidad brutal fue una cuestión personal más que pública”. La punta del ovillo fueron, justamente, dos finales: el de la gira de Alta suciedad y el de su relación con Mónica García. Uno de los dos, todo parece indicar, fue muy malo. Propulsado por ese envión anímico, el Salmón rompió el dique de su temporada licenciosa mientras Argentina se encaminaba hacia el iceberg de 2001 y Charly García lo atacaba en la televisión abierta. Así, nueve meses, quince estudios, 250 mil dólares y 103 canciones después, Honestidad brutal estaba terminado. O algo así. La dedicatoria era elocuente: no “para Mónica” sino “por Mónica”.

Beck: Sea Change Sin la información necesaria, el salto era casi esquizofrénico. Después de la fiesta de Midnite Vultures Beck sorprendió a casi todo el mundo con un disco esencialmente acústico y melancólico. Acaso la única persona que se lo esperaba era su ex: la estilista Leigh Limon. Todo parece indicar que, tres semanas antes de cumplir sus treinta años, Beck regresó de gira y descubrió el romance de Leigh con un miembro de los Whiskey Biscuit. Llamó a su padre (el compositor David Campbell) para que se ocupara de los arreglos y escribió algunos versos inolvidables: “Es solo a vos a quien estoy perdiendo/ supongo que me está yendo bien”. “No tenía los samplers, ni la ironía indie, alguien le había apagado la MTV: estaba cantando con el corazón -dice Fabián Casas-. Como Dante, cuando tuvo que escribir la Divina comedia y perder a Beatrice Portinari, su lenguaje pasó del latín al italiano de la calle. Beck también. Su voz había mutado, parecía que el dolor le había ampliado la paleta de tonos”.

Fito Paez: Naturaleza sangre: La primera sensación es ese escalofrío… “se supone que no deberíamos estar escuchando esto”. Después de su separación de Cecilia Roth Fito Páez drenó la bronca con un sonido menos estilizado y una lírica sin dobleces: “Tenías que fallarme así / No es fácil hacerme sufrir / Pero vos tenías las llaves de la ventana que da al infierno aquel / Y yo estaba entre la espada y la pared / No puedes explicármelo / No hay forma de explicárselo / Es posible que me traigas un perfume del pasado / Pero nunca más el néctar de la flor”. Para lanzar todos esos dardos sin derecho a réplica, Páez cargó su farmacopea con ansiolíticos (“139 Lexatins”) y reclutó a la plana mayor del rock latinoamericano (Charly García, Luis Alberto Spinetta, Hugo Fattoruso, Rita Lee). El título, a la distancia, no admite segundas lecturas.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar

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