Bryan Adams, el rock del hombre común.

Tiene pinta de señor normal, tanto que pese a haber vendido millones de discos a lo largo de su dilatada carrera, en escena no se le podía distinguir del resto del cuarteto que le acompañaba. Iba como ellos de negro, y como con su guitarra solo hacía acordes podía diferenciarse de los demás alzando de tanto en tanto el brazo para enfatizar le melodía de estadio de The Last Night On Earth, primera canción del espectáculo y primera del disco que presentaba, Shine a Light. En el segundo tema, primer gran hit, el trotón Can’t Stop This Thing We Started, salió al frontal del escenario y ya sí, nadie pudo dudar de que se trataba de Bryan Adams, el pulcro rockero canadiense con canciones redondas como una gominola y audaces como una goma de borrar.

Sin llegar a llenar por completo el Sant Jordi, la buena entrada que registró su concierto, unas 12.000 personas, habló del mantenimiento de una popularidad que no todos pueden alcanzar. Cierto es que sus canciones son muy digeribles, pero eso no le resta mérito alguno. Ayuda también un aire campechano que entre otras cosas se expresó mediante chistes que no calificarían en las primarias de un concurso de humor, pero que muestran la cercana ausencia de complejidad de Bryan. Por eso sorprendió su celo de divo por mantener libre de fotos su perfil derecho, así como por exigir en un gesto de estrella la supervisión de las realizadas por los fotoperiodistas desde la izquierda, al parecer la parte más favorecedora de su rostro.

El concierto fue agradablemente previsible, comenzando por un escenario más limpio que las teteras del palacio de Buckingham. Una pantalla alternaba en la parte posterior imágenes de directo con otras pregrabadas, dejando libre toda la extensión del entarimado para los instrumentistas, que brillaron con un sonido excelente. Ese concepto de verdad rockera, sustentado en luces mayormente blancas y sin juegos llamativos, minimalismo global que enfatiza el hecho físico de tocar rehuyendo la pirotecnia y la truculencia digital, se expresaba meridianamente. Bryan es auténtico, decía el subtexto. Y todo ello expuesto con un ritmo imparable que provocó que incluso encajasen sin provocar irreparables bajones de intensidad baladas como HeavenHere I Am o el hit (Everything I Do) I Do It For You. Aunque finalmente el concierto se empantanó por una causa noble: la democracia participativa, ya que Bryan se eternizó interpelando al público para que le comunicasen que canciones querían escuchar. Tocó 5 peticiones tras la preceptiva ristra de gracias.

Superado el lapso, el concierto se enfocó hacia los temas más poderosos, perfil Summer of 69 y, ya en bises, Somebody, otra balada, Hey Baby, y una versión de I Fought The Law popularizada por The Clash. Para remate, una audacia muy propia y habitual en Bryan, despidió el concierto con dos baladas acústicas con solo él en escena. Un final tierno para recordar una de las frases más utilizadas por los triunfadores, “nunca dejes de perseguir tus sueños”. ¿Y si corren mucho?

fuente: http://www.elpais.com

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